“Debate en torno a la castidad monástica” 
Después de la muerte del párroco, un convento de monjas ursulinas recibe al Padre Javier, tentado desde hace tiempo por los pecados de la carne. Va a seducir a Magdalena, niña criada en el claustro, pero la que se va a consumir de deseo es la Hermana Juana, priora del convento y con un defecto físico que es una joroba. Juana va a quedar embarazada. De allí en más, la llegada del Padre Uriel, el inquisidor que exorciza y del Padre Salvador, un cura joven algo confundido.
Lo interesante de la puesta es que logró plasmar la estética austera de los templos católicos-incluida una canción actual: “Marcha de la Virgen del Buen Viaje”. Los hábitos se exhiben como fetiche, pero no al modo paròdico postmoderno sino para adueñarse de la represión sexual de los consagrados. Incluso se nota cierto tono respetuoso hacia las investiduras eclesiàsticas.
Como toda obra contemporánea, sostiene un distanciamiento encarnado en la Hermana Clara, que actúa como relatora de la trama. La musicalizaciòn sostiene la tensión dramática, aunque es cuestionable la última aparición de la canción, al final de la pieza.
El diseño de luces ayuda a la sobria ambientación que se basa en una mesa de madera. También cabe destacar el tono neutro que utilizan los intérpretes que sitúa la obra en otro tiempo y lugar, lejanos. (¿Tal vez México en la época de la Inquisición?)
Las actuaciones soportan con solidez el peso de la historia: se destacan Silvia Mañà, como la hereje Hermana Juana; Esteban Fagnani como el martirizado Padre Javier y Marìa Inés Howlin como la Hermana Clara, la narradora omnisciente.
El teatro Apacheta se encuentra transfigurado, con velas pascuales, incienso y retratos de monjas y monjes hasta en el baño. Es un detalle a tener en cuenta. Ya desde la pre escena, nos debemos aclimatar a la atmósfera eclesiástica.
Silvia Urite - Notas de teatro
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Lo que sucede debajo de los hábitos
El humor y la ironía son dos de las herramientas que se vale Marcelo Bertuccio para que se torne digerible lo que cuenta su obra Víctimas.
En una propuesta en donde la envestidura es la que marca sentidos y sentimientos, Bertuccio corre límites para profundizar acerca de la naturaleza humana y las represiones.
La forma elegida para tratar un tema tan espinoso, es el de las “muñecas rusas”, pero en este caso distorsionadas y deformadas. El planteo del teatro dentro del teatro es, en este caso, un acertadísimo contexto para exhibir hasta que punto el disfraz valida toda podredumbre, cercena deseos y esconde lacras.
Afinando al máximo la ironía, el autor y director entrega una propuesta “rebuscadamente” ascética, poco profesional, y con un registro de actuación en donde se elige la impostación para que se afirme el doblez del discurso. De esta manera se asiste a lo más terrible bajo un manto de fingida inocencia.
De un buen elenco se destaca el puntilloso trabajo de María Inés Howlin (un canto a lo que sucede cuando se reprime lo deseado), y la lograda hipocresía de Joaquín Daglio.
El diseño ambiental de Liliana Medela es como dije más arriba fundamental para crear todo el halo de “franciscanos” recursos y así instalar una patina de beatitud en la mugre.
La propuesta se completa con un “precario” diseño de luces, otro acierto a cargo de Esteban Fagnani.
Víctimas provoca, no solo por lo que cuenta, sino por como lo cuenta, ya que se vale de mecanismos y formatos utilizados (desde hace muchos siglos) por un sector de la sociedad que de tan identificables producen escozor.
Gabriel Peralta - Crítica Teatral
Fe de erratas: ... diseño de luces, otro acierto a cargo del Padre Javier.
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VÍCTIMAS sorprendidas en un ruego inútil
La obra de Marcelo Bertuccio aborda el tema de la religión (católica) y de la tensión existente entre ésta y los deseos de los hombres. Su mérito, en cuanto al tema, sea quizás plantear este abordaje desde el respeto a la institución eclesiástica y no desde el mero cuestionamiento.
Como recurso narrativo, Bertuccio pone a los interpretes entre dos formas actorales: una, supuestamente menos “actuada” que se encarga de narrar o “denunciar” los artificios de la teatralidad, y la otra, más estilizada, es la portadora de la voz de los personajes de la historia.
Si bien al comienzo, el espectáculo parece tardar demasiado en comenzar, con el correr de los minutos adquiere un ritmo e intensidad que hacen olvidar esa tardanza.
La puesta es austera e inteligente. En cuanto a las actuaciones, en general están bien logradas; destacándose a Joaquín Daglio como el cura exorcista y un muy buen primer monólogo de Esteban Fagnani.
Dos hallazgos: la utilización a modo de refresco, de la cancioncita “marcha de la virgen del buen viaje” con la que la obra termina y empieza y el puesto de souvenirs instalado a la salida.
En conclusión: recomendable.
Natalia Pezzi Teatro
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Víctimas. Sorprendidas en un ruego inútil (tal el título completo de la obra) se basa en un hecho real: una posesión demoníaca colectiva que tuvo como protagonistas al cura párroco, la priora del convento y diecisiete monjas ursulinas de Loudun, Francia, en 1632. Este enunciado ya instala una duda: ¿es una posesión demoníaca –y más una colectiva– un hecho real? En una sociedad regida por principios religiosos, ¿no es acaso la única forma “permitida” de entregarse al placer que encuentran quienes lo tienen prohibido? ¿No es el demonio la excusa perfecta para que el cuerpo no responda a los mandatos divinos, incluso sabiendo los terribles precios que imponía la expiación?
Hay aquí un doble juego: el elenco interpreta a un supuesto grupo de monjas y curas, y es ese grupo el que nos alecciona recreando la terrible anécdota. Y no se trata de una vana complicación: en la actualidad, aunque parece que ya no está “de moda” la posesión diabólica, las creencias siguen sosteniéndose en los mismos miedos y en las mismas represiones. Por eso, es esta una historia de locura, de desenfrenos justificados en absurdos razonamientos; historia que puede parecer lejana hasta que recordamos, por ejemplo, los todavía usuales casos de sacerdotes que abusan de menores, seguidos de dinero a cambio de silencio y pedidos de perdón que en nada sanan la violencia impuesta a una aún débil personalidad.
El elenco, formado por Cecilia Venturutti, Esteban Fagnani, Javier Alemanno, Joaquín Daglio, María Inés Howlin y Silvia Mañá, ofrece una muy creíble gama de perversiones bellamente entretejidas con beatitudes y beaterías de todo tipo. El padre fundador… Perdón, el dramaturgo y responsable de la puesta en escena es Marcelo Bertuccio, quien expone este relato con una austeridad tan marcada y hasta exigida que toma visos de ascetismo y, por momentos, es pura aspereza, necesaria aspereza.
A la salida de este encuentro espiritual, digamos en el atrio, hay un sencillo pero adecuado despliegue de material como para seguir meditando en casa.
Lucho Bordegaray - Montaje decadente
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Víctimas sorprendidas en un ruego inútil resulta inquietante desde su comienzo: Una obra que se inicia con actores caracterizados como monjas y curas, cantando una dulce canción de Iglesia. La acción grotesca ubica al público en el cómodo lugar del humor para que ingresen confiados a la pasiva realidad del convento. Imagen que empieza a caerse en pedazos a lo largo de la obra, y que se transforma en una crítica a los miembros y a la estructura de una Iglesia cada vez más hipócrita: Personajes como estereotipos que se debaten entre sus buenos y malos sentimientos, escenas que oscilan entre el humor más crudo y diálogos tensos, hablados en un español neutro de le da una irónica estructura novelesca.
La escena principal se desarrolla en torno de un mueble rectangular que centraliza la mirada, mientras los actores-personajes restantes continúan con improvisaciones en los márgenes que invaden la escena y ayudan a construir un ambiente cada vez más tenso.
Con muy buenas actuaciones y una forma de abordar la crítica desde las contradicciones propias del ser humano y del medio que lo rodea, no sólo desde el señalamiento acusador; Víctimas... inquieta, sorprende y asfixia en la certeza de que sus ruegos nunca serán escuchados.
Revista Sudestada - Nadia Fink

Después de la muerte del párroco, un convento de monjas ursulinas recibe al Padre Javier, tentado desde hace tiempo por los pecados de la carne. Va a seducir a Magdalena, niña criada en el claustro, pero la que se va a consumir de deseo es la Hermana Juana, priora del convento y con un defecto físico que es una joroba. Juana va a quedar embarazada. De allí en más, la llegada del Padre Uriel, el inquisidor que exorciza y del Padre Salvador, un cura joven algo confundido.
Lo interesante de la puesta es que logró plasmar la estética austera de los templos católicos-incluida una canción actual: “Marcha de la Virgen del Buen Viaje”. Los hábitos se exhiben como fetiche, pero no al modo paròdico postmoderno sino para adueñarse de la represión sexual de los consagrados. Incluso se nota cierto tono respetuoso hacia las investiduras eclesiàsticas.
Como toda obra contemporánea, sostiene un distanciamiento encarnado en la Hermana Clara, que actúa como relatora de la trama. La musicalizaciòn sostiene la tensión dramática, aunque es cuestionable la última aparición de la canción, al final de la pieza.
El diseño de luces ayuda a la sobria ambientación que se basa en una mesa de madera. También cabe destacar el tono neutro que utilizan los intérpretes que sitúa la obra en otro tiempo y lugar, lejanos. (¿Tal vez México en la época de la Inquisición?)
Las actuaciones soportan con solidez el peso de la historia: se destacan Silvia Mañà, como la hereje Hermana Juana; Esteban Fagnani como el martirizado Padre Javier y Marìa Inés Howlin como la Hermana Clara, la narradora omnisciente.
El teatro Apacheta se encuentra transfigurado, con velas pascuales, incienso y retratos de monjas y monjes hasta en el baño. Es un detalle a tener en cuenta. Ya desde la pre escena, nos debemos aclimatar a la atmósfera eclesiástica.
Silvia Urite - Notas de teatro
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Lo que sucede debajo de los hábitos
El humor y la ironía son dos de las herramientas que se vale Marcelo Bertuccio para que se torne digerible lo que cuenta su obra Víctimas.En una propuesta en donde la envestidura es la que marca sentidos y sentimientos, Bertuccio corre límites para profundizar acerca de la naturaleza humana y las represiones.
La forma elegida para tratar un tema tan espinoso, es el de las “muñecas rusas”, pero en este caso distorsionadas y deformadas. El planteo del teatro dentro del teatro es, en este caso, un acertadísimo contexto para exhibir hasta que punto el disfraz valida toda podredumbre, cercena deseos y esconde lacras.
Afinando al máximo la ironía, el autor y director entrega una propuesta “rebuscadamente” ascética, poco profesional, y con un registro de actuación en donde se elige la impostación para que se afirme el doblez del discurso. De esta manera se asiste a lo más terrible bajo un manto de fingida inocencia.
De un buen elenco se destaca el puntilloso trabajo de María Inés Howlin (un canto a lo que sucede cuando se reprime lo deseado), y la lograda hipocresía de Joaquín Daglio.
El diseño ambiental de Liliana Medela es como dije más arriba fundamental para crear todo el halo de “franciscanos” recursos y así instalar una patina de beatitud en la mugre.
La propuesta se completa con un “precario” diseño de luces, otro acierto a cargo de Esteban Fagnani.
Víctimas provoca, no solo por lo que cuenta, sino por como lo cuenta, ya que se vale de mecanismos y formatos utilizados (desde hace muchos siglos) por un sector de la sociedad que de tan identificables producen escozor.
Gabriel Peralta - Crítica Teatral
Fe de erratas: ... diseño de luces, otro acierto a cargo del Padre Javier.
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VÍCTIMAS sorprendidas en un ruego inútil
La obra de Marcelo Bertuccio aborda el tema de la religión (católica) y de la tensión existente entre ésta y los deseos de los hombres. Su mérito, en cuanto al tema, sea quizás plantear este abordaje desde el respeto a la institución eclesiástica y no desde el mero cuestionamiento.Como recurso narrativo, Bertuccio pone a los interpretes entre dos formas actorales: una, supuestamente menos “actuada” que se encarga de narrar o “denunciar” los artificios de la teatralidad, y la otra, más estilizada, es la portadora de la voz de los personajes de la historia.
Si bien al comienzo, el espectáculo parece tardar demasiado en comenzar, con el correr de los minutos adquiere un ritmo e intensidad que hacen olvidar esa tardanza.
La puesta es austera e inteligente. En cuanto a las actuaciones, en general están bien logradas; destacándose a Joaquín Daglio como el cura exorcista y un muy buen primer monólogo de Esteban Fagnani.
Dos hallazgos: la utilización a modo de refresco, de la cancioncita “marcha de la virgen del buen viaje” con la que la obra termina y empieza y el puesto de souvenirs instalado a la salida.
En conclusión: recomendable.
Natalia Pezzi Teatro
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Víctimas. Sorprendidas en un ruego inútil (tal el título completo de la obra) se basa en un hecho real: una posesión demoníaca colectiva que tuvo como protagonistas al cura párroco, la priora del convento y diecisiete monjas ursulinas de Loudun, Francia, en 1632. Este enunciado ya instala una duda: ¿es una posesión demoníaca –y más una colectiva– un hecho real? En una sociedad regida por principios religiosos, ¿no es acaso la única forma “permitida” de entregarse al placer que encuentran quienes lo tienen prohibido? ¿No es el demonio la excusa perfecta para que el cuerpo no responda a los mandatos divinos, incluso sabiendo los terribles precios que imponía la expiación?Hay aquí un doble juego: el elenco interpreta a un supuesto grupo de monjas y curas, y es ese grupo el que nos alecciona recreando la terrible anécdota. Y no se trata de una vana complicación: en la actualidad, aunque parece que ya no está “de moda” la posesión diabólica, las creencias siguen sosteniéndose en los mismos miedos y en las mismas represiones. Por eso, es esta una historia de locura, de desenfrenos justificados en absurdos razonamientos; historia que puede parecer lejana hasta que recordamos, por ejemplo, los todavía usuales casos de sacerdotes que abusan de menores, seguidos de dinero a cambio de silencio y pedidos de perdón que en nada sanan la violencia impuesta a una aún débil personalidad.
El elenco, formado por Cecilia Venturutti, Esteban Fagnani, Javier Alemanno, Joaquín Daglio, María Inés Howlin y Silvia Mañá, ofrece una muy creíble gama de perversiones bellamente entretejidas con beatitudes y beaterías de todo tipo. El padre fundador… Perdón, el dramaturgo y responsable de la puesta en escena es Marcelo Bertuccio, quien expone este relato con una austeridad tan marcada y hasta exigida que toma visos de ascetismo y, por momentos, es pura aspereza, necesaria aspereza.
A la salida de este encuentro espiritual, digamos en el atrio, hay un sencillo pero adecuado despliegue de material como para seguir meditando en casa.
Lucho Bordegaray - Montaje decadente
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Víctimas sorprendidas en un ruego inútil resulta inquietante desde su comienzo: Una obra que se inicia con actores caracterizados como monjas y curas, cantando una dulce canción de Iglesia. La acción grotesca ubica al público en el cómodo lugar del humor para que ingresen confiados a la pasiva realidad del convento. Imagen que empieza a caerse en pedazos a lo largo de la obra, y que se transforma en una crítica a los miembros y a la estructura de una Iglesia cada vez más hipócrita: Personajes como estereotipos que se debaten entre sus buenos y malos sentimientos, escenas que oscilan entre el humor más crudo y diálogos tensos, hablados en un español neutro de le da una irónica estructura novelesca.La escena principal se desarrolla en torno de un mueble rectangular que centraliza la mirada, mientras los actores-personajes restantes continúan con improvisaciones en los márgenes que invaden la escena y ayudan a construir un ambiente cada vez más tenso.
Con muy buenas actuaciones y una forma de abordar la crítica desde las contradicciones propias del ser humano y del medio que lo rodea, no sólo desde el señalamiento acusador; Víctimas... inquieta, sorprende y asfixia en la certeza de que sus ruegos nunca serán escuchados.
Revista Sudestada - Nadia Fink






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